F Diseño y cuidado de Bonsais en Bilbao. Tienda Bonsai Center Sopelana. : Del 25 de Mayo al 1 de Junio; Palacio de la Magdalena, Santander, Carolina Piris. ¿Te lo vas a perder?

mayo 14, 2013

Del 25 de Mayo al 1 de Junio; Palacio de la Magdalena, Santander, Carolina Piris. ¿Te lo vas a perder?

Hola


Hoy quiero informaros de una muestra de bonsai, suiseki, kusamono, flora silvestre.. que se va a celebrar entre los dias 25 de Mayo ( inauguración a las 6 de la tarde ) y 1 de Junio en los jardines del Palacio de la Magdalena en Santander.

Expone Carolina Piris, ilustre bonsaista, enamorada de las flores, fanática de las piedras… amante en definitiva de la naturaleza. Para esta muestra se ha elaborado un pequeño catalogo que quiero mostraros. Incluyo el prologo de Maite porque me parece digno de resaltar.


Fotografia cortesia de
Palacio de la magdalena. Pinchando el nombre localizareis su pag de facebook.
Podeis encontrar mucha mas información sobre Carolina y su estupendo trabajo en Su pagina Web. No hace mucho me preguntaban en una entrevista sobre mujeres y bonsai, pues aquí teneis una pionera del bonsai. No olvidemos que organizó junto con la asociación de Cantabria, el III congreso Nacional de Bonsai en este mismo lugar y de eso;  hace unos añitos.


DE ORIENTE EN OCCIDENTE.



Oriente y Occidente no son, únicamente, términos geográficos, también lo son culturales. Las culturas son extensas narraciones basadas en mitologías que configuran nuestro modo de ver y explicar el mundo en el que vivimos, y el modo en el que nos posicionamos en él. nuestras mitologías difieren, y mucho, y por tanto, también nuestras bases culturales. Occidente es hija de la cultura judeocristiana y se basa en la narración bíblica de la creación del mundo. Tras siete días, cumplida la obra de crear el mundo, Dios, el único, crea al hombre con el mandato de crecer, multiplicarse y dominarlo.

Eso coloca a la humanidad por encima de la naturaleza y, por tanto, fuera de ella. Y su función es mirarla para modificarla, para dominarla.



Es cierto que nuestras artes, pues de arte vamos a hablar, comienzan mirando a la naturaleza para imitarla. Ya Plinio el Viejo, en la antigua Grecia, elogia a los pintores por su capacidad imitativa; los árboles que pintan parecen tan reales que los pájaros intentan comer sus frutos. Pero eso no es sino elogiar el dominio de la técnica y, este dominio, ha llevado a nuestro arte tan lejos de la naturaleza que en este momento es ella la que parece imitar al arte. 



Las rosas artificiales que tienen formas, textura y olor perfectos son el ejemplo de cómo debe ser una rosa real. Aquella nunca se marchita a diferencia de ésta que cuando es perfecta se exclama, ¡Qué bonita, parece artificial! Este hecho tiene consecuencias en nuestro comportamiento frente a la naturaleza. De entrada, solo decimos Naturaleza, cuando, siguiendo a San Agustín, la mencionamos como creación divina. Y solo nos fijamos en ella a gran escala y de forma superficial o analítica, con fines científicos, es decir, prácticos. Adoramos los ocasos coloristas, pero acabamos convirtiéndolos en macrofiestas ibicencas con música “chill out” alejándonos de su silencio y utilizándolos para adormecer nuestros sentidos,

como hacemos con algunas drogas. 


Pero, ¿alguien, que no sea botánico, se fija y conoce las pequeñas flores que crecen entre la hierba que pisamos? ¿Nos paramos a mirar las piedras para detectar sus formas, sus colores, sus texturas y las sugerencias que estas pueden evocar en nuestra mente, en  nuestros sentimientos? Jugamos con ellas al futbol o las arrojamos sobre una superficie líquida para hacerlas saltar, pero poco más. 


Porque la naturaleza, en sí, no es importante más allá de la necesidad que tenemos de ella. Pero Oriente es otra cosa. Carece de un dios único, sus dioses surgen de la propia naturaleza, son la Naturaleza, y la humanidad es parte de ella. Nada en sus mitologías les da derecho a modificarla, a sentirse superiores a ella porque la humanidad es naturaleza. No importa que hablemos de budismo, taoísmo, confucianismo o cualquier otra confesión religiosa o ideologias, su mirada al mundo es común, su extremo respeto por la naturaleza es común. La hierba, las piedras, los árboles y los humanos

son parte de la misma cosa, son el todo que compone 


La Naturaleza. Y en consecuencia, el conocimiento no se dirige desde el yo hacia el exterior, con fines prácticos, sino que se dirige desde el yo hacia si mismo, pues conocernos a nosotros mismos requiere conocer lo que es parte de nosotros, el mundo del que somos parte sustancial e integrante. Conocer la naturaleza es conocernos a nosotros mismos y viceversa. Es evidente que esto ha de reflejarse en sus artes y lo hace de diversas formas. En primer lugar, nuestra tradición divide las artes analíticamente, la pintura (visual), la música (auditiva), la escultura (táctil), la literatura (intelectiva) y la arquitectura que es visual, escultórica y que se compone armónicamente

como la música. 


Todo lo demás son artes menores. Cerámica, textiles, bordado, indumentaria, marroquinería, ebanistería… diseño en general. Es cierto que nuestras artes, en la actualidad, se alejan de estos tópicos, pero permanecen estables en nuestra cultura. Sin embargo un artista oriental no es un pintor, o un poeta, es lo que podríamos denominar un artista total. El oriente no distingue entre artes y artesanías, todo lo que un artista hace es arte y una pintura no es solo la representación visual de cierta naturaleza, es además, un poema y se compone de imágenes y palabras, no como una suma de dos artes sino de modo inseparable como un todo significativo que compone el objeto de arte único. 


La diferencia está en que nosotros analizamos el mundo en sus partes individuales, mientras que los orientales tienen una mirada holista hacia él. El mundo es una totalidad compleja que hay que tomar como tal, porque no solo son importantes sus partes sino, también, la relación entre ellas. Para que se entienda, en otro ámbito, un médico occidental nos tratará la rodilla, cuando nos falla, de modo individual. Un oriental jamás podría hacer eso pues, para él, la rodilla está influida por el resto del cuerpo, y tratará no la rodilla sino su relación con el resto del cuerpo. La rodilla es parte de un todo, el cuerpo, y el cuerpo es parte de otro todo, la naturaleza, el mundo. 


Por eso un yogui no se concentra y medita para mejorar el estado de su espíritu sino para mejorar el espíritu del mundo. En segundo lugar, esta diferencia entre la mirada analítica y la holista, hace que el arte occidental se preocupe de lo que considera temas importantes para la humanidad, se fija en lo grandioso, en lo sublime, de ahí la diferencia entre ARTES y artesanía, mientras que un artista oriental se fijará en todo, en lo sublime y en lo ínfimo, en las grandes montañas y en la pequeña violeta que nace entre la hierba. Porque ambas pertenecen al mismo TODO. Para un oriental es igualmente importante la belleza de una pequeña flor y la del Guernica de Picasso.



Y de esa mirada surgen las artes que aquí se presentan, el bonsái, el suiseki y el kusamono. El pequeño árbol, la sugerente piedra y la belleza exuberante de la diminuta y humilde flor del prado. Fijémonos en la pintura tradicional de oriente y veremos como en sus cuadros aparecen  representados todos estos elementos. Un paisajista oriental no solo pinta lo que se ve, también representa el silencio o el sonido del paisaje, la brisa que pudiera haber, el olor de la estación en la que ocurre el acontecimiento, y la sensación y la emoción que todo ello produce.



La curiosidad no hay que dirigirla únicamente a aquello que nos parece importante, también hacia aquello que no lo parece, porque también nos sorprenderá. Así es como hay que mirar los objetos que aquí se nos presentan, con curiosidad y atención al detalle, con el mimo que merece lo delicado y con la mente abierta para poder captar la belleza que hay en todo ello. Abrir los sentidos y dejarse llevar por la sensación que nos produce. Y nos sorprenderemos con el placer de la belleza.



Carolina, que es una adelantada en estos terrenos, pues lleva años creando y enseñando a crear bonsáis al modo tradicional japonés, se ha dejado permear por este sentido de la naturaleza oriental y nos presenta aquí, además, su particular modo orientalizante de mirar a la naturaleza y nos da,

una vez más, una lección de percepción y nos provoca para que nos atrevamos a mirar hacia abajo, hacia aquello que casi nunca vemos, aunque a veces lo miremos. 


Nos proporciona con la lección, una inestimable oportunidad de ampliar nuestra percepción del mundo. Sigamos las enseñanzas de Kant que nos instaba a sapere aude, atreverse a conocer, y disfrutemos con ello.



M.T. Beguiristain

Crítico de Arte (AICA)