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Ecosistemas de vidrio con Bonsáis



En estas fechas navideñas he quedado atónita al ver en un centro comercial una especie de pseudo ecosistemas en vidrio con alguna planta en el interior e incluso algún ficus lánguido y aburrido.
No hace mucho que se pusieron de moda unas esferas de vidrio llenas de agua y totalmente cerradas con algunos animalillos en su interior (unas pequeñas gambas) que podían mantenerse vivos durante años para asombro del comprador. Modas aparte, y a pesar de que la idea de encapsular un microcosmos autosuficiente se remonta a casi dos siglos, aún nos falta mucho para poder llevar ecosistemas enlatados por el espacio.

 
TEXTO: por Rafa Medina

A principios del siglo XIX, los naturalistas expedicionarios tenían un serio problema a la hora de enviar plantas exóticas vivas a los jardines botánicos europeos. Estos cargamentos eran económicamente valiosísimos (recordemos que por aquel entonces las plantas tropicales eran la principal fuente de innovación agrícola o farmacológica), sin embargo, tenían una tozuda tendencia a morirse durante las travesías transoceánicas. Enviar especímenes secos era importante, pero ningún descubrimiento podía traducirse en un negocio rentable si las plantas no podían trasladarse a otros lugares para su cultivo. Incluso cuando (raramente) las plantas eran cuidadosamente atendidas durante el trayecto en barco, casi siempre sucumbían al aerosol de agua marina al que estaban expuestas sin remedio.

Caja de Ward

Como ocurre tan a menudo, la solución vino con un descubrimiento casual. Nathaniel Ward, un médico inglés, se percató en 1842 de que en un frasco de cristal que estaba usando para criar insectos crecieron algunas plantas. Las plantas permanecieron vivas y saludables durante cuatro años, sin necesidad de ningún cuidado especial, y solo murieron cuando la tapa, ya oxidada, dejó entrar el smog londinense. Aunque resultaba sorprendente, las plantas parecían sobrevivir bastante bien en recipientes de vidrio completamente sellados, sin ningún cuidado más allá de recibir la luz adecuada.

A partir de este feliz accidente, las plantas exóticas empezaron a transportarse en voluminosos compartimentos de vidrio y metal herméticamente cerrados que se llamaron cajas de Ward. Si se tenía la precaución de exponerlas a la luz necesaria durante el trayecto, estas plantas encapsuladas podían aguantar meses de travesía, protegidas del efecto del agua marina. Resulta irónico pensar que lo que mataba a las plantas en los barcos era la insistencia en cuidarlas y atenderlas en unas condiciones imposibles: resultaba mucho más adecuado aislarlas por completo del cuidado humano (y del mortífero salitre).



Las cajas de Ward volvían a abrirse en destino, a menudo manteniendo su valioso contenido intacto y saludable. Así fue como por primera vez Joseph Dalton Hooker llevó plantas británicas a Nueva Zelanda y a su vez trajo de vuelta un cargamento de especies de las antípodas europeas, sentando un precedente que pronto fue imitado por todos.
Incluso antes de que se desarrollara la ecología como ciencia, era obvio que para que una caja de Ward mantuviese vivos a sus habitantes era necesario cierto equilibrio. Por ejemplo, el agua que las plantas perdían por transpiración se condensaba en las paredes de vidrio y goteaba, de forma que las plantas podían recuperarla a través de sus raíces. 



Un microcosmos transparente y autónomo, al menos por cierto tiempo, que nos sirve para plantearnos una pregunta: ¿podríamos «construir» un ecosistema completo autosuficiente y aislarlo en vidrio? ¿Cómo de grande o de pequeño podría ser? ¿Por cuánto tiempo podría mantenerse?
Cualquiera que esté interesado en los acuarios y terrarios y tenga conocimientos de ecología sabe que hasta cierto punto estas instalaciones reproducen fenómenos de los ecosistemas naturales. Pese a todo, siempre acaba siendo necesaria nuestra intervención (alimentando a los animales, haciendo cambios de agua, añadiendo sistemas de filtración alimentados por corriente eléctrica, etc.).

El desafío de conseguir un montaje totalmente autosuficiente, en el que todo el alimento proceda de la fotosíntesis y todos los desechos se reciclen, es una constante para muchos aficionados, aunque nada sencillo de mantener a medio plazo. 
Extraido de; principia.io


Juzguen ustedes viendo las imágenes de estos “ecosistemas“, si consideran viable la supervivencia del bonsai.

Saludos desde Bilbao.

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